Me encanta James Ellroy. Es un mal escritor. Un mal escritor que produce obras maestras, pero un mal escritor. Al contrario que, por ejemplo, Simenon, que fue capaz de crear el mundo de Maigret y de cuajar magníficos libros que poco tenían que ver con el comisario del Quai des Orfèvres, la calidad literaria de Ellroy cae en picado cuando no se dedica a escribir novelas de Ellroy. No así su interés: a este escritor le creó un anónimo criminal en 1958, por el brutal método de asesinar a su madre poco antes de que el joven Ellroy cumpliera los diez años. Toda su literatura y toda su vida han girado en torno a este hecho.
Y especialmente este libro. El muy posterior “Mis Rincones Oscuros” trata directamente del asunto. Toda su obra trata de su propio mundo. Ellroy está tan unido a Los Ángeles (1) como Kafka a Praga. Pero Ellroy no escribe sobre una ciudad que existiera en realidad en ningún momento. El mundo de Ellroy se parece al “Los Ángeles Caídos”, como a él le gusta llamarlo, de aquellos años que van, más o menos, del final de la II Guerra Mundial al asesinato de Kennedy, los años en los que está inspirada la primera parte del Padrino. Este libro, su segunda novela, ambientado alrededor de 1953, es el primero de su carrera que trata directamente de esta época. Es pues, un precedente del absolutamente genial “Cuarteto de Los Ángeles” (2), su hasta el momento obra cumbre, y, por supuesto, sólo por eso merece un par de lecturas. También, y por los mismos motivos es un antecedente de la todavía inacabada y genialmente absoluta “Trilogía Americana” (3).
Pero en cualquier de sus libros, se repiten una y otra vez, invariablemente, hasta en el mismo orden, las mismas obsesiones. Toda la literatura de Ellroy es una mirada rabiosa y llena de ansia a su propio pasado: el LAPD, el crimen, los bajos fondos, el sexo, la violencia, más violencia, la perversión, los cadis (4), el pasado que vuelve siempre y nunca para bien, el respeto de los demás y el desprecio de uno mismo, el dolor, las mujeres, los asesinos de mujeres, mendigos, la brutalidad, la corrupción, la ambición, la amistad y el odio, la Dalia Negra, las drogas, los secretos y la justicia y el pecado y la redención que forman el mundo en el que, en cierto modo, Ellroy siente que pasó su madre sus últimos días, al menos sus últimos momentos, como persona viva y sus primeros meses como trabajo de los detectives del LAPD, el Los Angeles Police Department.
Ellroy tiene una relación dual con la madera: por un lado a él le hubiera gustado ser el policía al que un buen día de 1958 le llaman por la radio y le asignan el caso de una mujer de raza blanca, pelirroja, identificada como Jane Geneva Ellroy, hallada muerta por estrangulamiento en las cercanías de un instituto de El Monte, un suburbio del Oeste de Los Ángeles, y le hubiera gustado seguir el caso contra viento y marea, contra todos los obstáculos hasta que el asesino pagase por su crimen, convirtiéndose en el héroe anónimo que siempre está alerta y dispuesto a sacrificarlo todo “no por la ley ni por los Estados Unidos, sino por la Justicia”, como escribe en “La Dalia Negra”. Y todo en medio de un auténtico derroche de testosterona (5), que, es indudable, está muy relacionado con los complejos de Edipo, Yocasta, Layo, Antífona, Polinices, Eteocles, Ismene (6) y el resto de personajes del ciclo tebano. Y esa es la imagen buena.
Pero por otro lado, en la trágica realidad, el LAPD no pudo hacer nada. El asesino de la señora Ellroy seguramente haya muerto a estas alturas, quizás hace muchos años. Seguramente impune. Y una de las consecuencias de su acción, es que durante años, el joven James Ellroy se transformase en un despojo humano que mendigaba, donaba sangre y cometía pequeños hurtos par pagarse la priva y cualquier cosa que drogara. Y no solo entraba en las casas a robar, ya que el latrocinio es una costumbre que vino después: su primera motivación fue oler las bragas de sus vecinas del barrio. Y una última afición de aquellos años, rincones sumamente oscuros, era devorar todas las noveluchas baratas de gansters y asesinos que se publicaban en Estados Unidos y caían en sus manos, lo cual salta a la vista para cualquiera que haya leído su obra. Al final, empezó a escuchar unas voces que no oía nadie más que él y que le acabaron salvando la vida, por el método también brutal de hacer que lo internasen en un hospital psiquiátrico, cuando ya estaba gravemente enfermo de neumonía. El caso es que durante todos estos años, él estuvo al otro lado. El policía corrupto, únicamente preocupado por su carrera, al que le preocupa tan sólo presentar un resultado y no un culpable. El policía que, en cierto modo, tuvo la culpa de aquellos años en el infierno, al no presentarle una explicación de lo que había sucedido, de porque había muerto su madre, es la otra cara. Y llegados a este punto, hay que mencionar que este es el libro en el que aparece el personaje de Dudley Smith. Y también el de Mike Breuning. Nuevamente la cara y la cruz. Y a la vez, la cruz y la cara: en este libro vemos al arquetipo del cabrón con pintas, al amigo de los pachuchos en la Dalia Negra y el incorruptible capitán del LAPD de “LA Confidencial”, a Dudley Smith, en suma, a algo parecido al mal absoluto, rodeado de su familia, de sus cinco niñas felices que, en cierto modo, explican todo el personaje.
Y siguiendo con lo que estábamos: una vez un poco recuperado, ya en 1981, tras hacerse abstemio y vegetariano, publicó su primera obra, “Requiem for Brown”, en la que ya aparecen los elementos que harán después distintiva la firma del autor de “LA Confidencial”. Sin embargo, su segunda obra, “Clandestino”, de la que hoy nos ocupamos, es, clarísimamente, el primer intento del autor de exorcizar o rentabilizar, con los fantasmas de Ellroy nunca se sabe, la trágica pérdida de su madre. El argumento: el típico policía de Ellroy: joven, ambicioso, se ve envuelto en la investigación de un crimen ambientado unos años antes, pero calcado al de la Sr. Ellroy: las mismas circunstancias, los mismos detalles de mal gusto que él luego revelará en “Mis Rincones Oscuros”, la misma pareja de acompañantes con los que ambas víctimas, la real y la imaginaria, fueron vistas en sus últimos momentos, el mismo origen, provincianas del Medio Oeste que prueban fortuna en LA, “ven de vacaciones y vete en libertad condicional”, el mismo exmarido atractivo, desequilibrado y repugnante… Y sí, también el mismo hijo, retraído y extraño, que tuvo que ser James Ellroy en los meses inmediatamente posteriores a la muerte de su madre, meses que, en cierto modo, se alargan hasta el día de hoy.
No es un libro excesivamente complejo: nada que ver con “LA Confidencial” o “American Tabloid”; hay una única trama que se ajusta cronológicamente a la vida del protagonista, así como la vida del protagonista se limita a investigar el caso excepto por su relación con su mejor amigo al principio de la novela y con su pareja. Destaca que a diferencia de su primera obra “Réquiem por Brown”, en la que el protagonista tiene una madurez afectiva menor que nula, en “Clandestino” las relaciones de pareja ya resultan creíbles y se siguen con interés, aunque sigan teniendo un aire de película de los años cincuenta. De los años cincuenta oficiales, no de los que retrata Ellroy. De todos modos, vuelvo a repetir: Ellroy no es Simenon. Tampoco ha aparecido todavía el típico narrador omnisciente de sus últimas obras: “Clandestino” está escrito en primera persona.
Por supuesto que el pasma, después de ser obligado a dimitir tras un feísimo asunto, relacionado con el caso, que también por supuesto que puede enturbiar la imagen del Departamento, acaba resolviendo el caso y revelando la identidad del inteligentísimo y sádico asesino en serie de mujeres, un malo de Ellroy, vamos. El culpable es, complejo de Edipo al poder (7), el exmarido de la víctima, el personaje que, ojo al dato, no es el verdadero padre del niño de diez años, y que está calcado de ese personaje real que fue su verdadero progenitor, según la imagen que el propio Ellroy da de él en “Mis Rincones Oscuros”(8). Para cualquiera que haya leído este último libro, hay pasajes que ponen la carne de gallina, ya que el autor está novelando la muerte de su propia madre. “Clandestino” es, por tanto, un libro que recuerda al muy posterior “La Dalia Negra” (9): la misma proyección del hecho central de la vida de Ellroy a la época inmediatamente anterior a ese hecho. La principal diferencia entre ambas obras radica en que, eso sí, el estilo de “Clandestino” no está aún tan depurado.
Y es que en esta novela, traducción aparte, Ellroy no resulta tan telegráfico como de costumbre, lo que no quiere decir que emplee frases largas, desde luego. En general, cuanto más moderno es el libro, menos palabras emplea por oración. En “Clandestino” tampoco aparecen aún demasiadas onomatopeyas, paranomasias, anáforas, retruécanos y aliteraciones, esas figuras que en las últimas obras de Ellroy, en su repito que magnífica “Trilogía Americana”, amenazan con que éste acabe publicando un “Finnegans Wake”, con un lenguaje propio e intraducible, como la obra del gran irlandés. Esta novela es puro Ellroy en la temática, en la visión del mundo y en los recursos narrativos, de los que tampoco tiene el mismo dominio que demostró después, por ejemplo, en “American Tabloid”, mi novela de Ellroy favorita. Así, por ejemplo, el desenlace del misterio, que consiste en que el heroico exigente viaja a Wisconsin, a la tierra de origen de la víctima, e inmediatamente le entregan un escrito tras de cuya lectura todo queda meridianamente claro. Parece un recurso un poco forzado para finalizar el libro y da la impresión de que al Ellroy no le fue posible enlazar mejor la historia ambientada en Los Ángeles que estaba contando al principio del libro con esa historia de incesto, violencia y rencor de la América más profunda que acaba siendo la solución de la trama.
Y que la explicación de la tragedia que fue la pérdida de su madre, fielmente trasladada a la novela, como ya hemos dicho, sea semejante historia de brutalidad enfermiza aferrada al corazón geográfico de los Estados Unidos de América dice mucho y muy poco positivo sobre la visión que James Ellroy, conservador y republicano hasta las cejas, tiene de su país.
Porque la forma de ver la realidad es típicamente ellroyana. La novela negra, se supone, nació con Poe, cuando el detective Dupoin introduce una explicación racional en los tenebrosos hechos de la Rue Morgue. Surge así un tipo de narrativa en el que el pensamiento del autor se refleja claramente en los métodos de su personaje fijo, que es otra seña de identidad del género. El método de Dupoin es la razón, aunque el autor sea Poe, Conan Doyle lleva la lógica hasta el malabarismo con Sherlock Holmes, Chesterton, en el colmo de lo rebuscado, idea un detective que cataloga el crimen dentro de las categorías de pecados de la Iglesia Católica, analiza a qué pecado es propenso cada sospechoso y encuentra así al culpable. De este modo, el padre Brown basa sus investigaciones en la teología católica, tan querida por su creador. El ya mencionado Simenon basa la criminología del simpático Maigret en el buen sentido centroeuropeo, y muchas veces el buen sentido no tiene nada que ver con la lógica, que, se supone, cabe exigir de un belga. Y antes Dashiel Hammet había creado el thriller introduciendo el método de investigación más simple: la violencia: no analices, no engañes, no te pongas en lugar del sospechoso; no hace falta: pégale hasta que cante. Ellroy, sin duda alguna, se enmarca en esta corriente (9).
¿Cuál es entonces el rasgo diferenciador de la literatura policíaca de James Ellroy? Su oscurísima visión del mundo queda meridianamente clara: Ellroy dibuja una ciudad de Los Ángeles en la que el que no es maricón, se droga, es un comechochos, le da a la botella o esnifa bragas (10). Esa es su cosmovisión: un universo gobernado por las inextricables leyes de los complejos, las psicopatías, las frustraciones, la esquizofrenia, el trauma y la paranoia de los seres humanos. Un universo cuyo escudo podría ser ese motel que, tarde o temprano, acaba apareciendo en todas las novelas de Ellroy: abandonado, siniestro, con el jardín lleno de matojos, colillas, vidrios rotos y condones usados.
----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
NOTAS
1.- Aunque vive en Nueva York. Joyce dice en “Retrato del Artista como un adolescente” : “te diré lo que voy a hacer y lo que no: escribiré desde el exilio...”
2.-Formado por “La Dalia Negra” (“The Black Dahlia”, 1987), “El Gran Desierto” (“The Big Nowhere”, 1988), “L. A. Confidential” (1990) y “Jazz Blanco” (“White Jazz”, 1992).
3.-Formada por “America” (“American Tabloid”, ¿el editor español no sabía lo que es un “tabloide”?, 1995) y “Seis de los Grandes" (“The Cold Six Thousand”, aquí ya no digo nada de la traducción, 2001). Para seguir con el tema de las traducciones, la serie, en realidad, se llama “American Underworld Trilogy”, pero dado que en inglés “underworld” significa tanto “infierno” como “hampa” no es fácil de verter: Lo más aproximado sería “Trilogía del Inframundo Americano”.
4.- Una vez rehabilitado, Ellroy encontró un trabajo de cadí en un club de golf. Conservó el puesto hasta que publicó su séptima novela, “La Dalia Negra”. Trabajaba de cadí mientras escribía “Clandestino” , por tanto.
5.- . En “L.A. Confidencial”, Ellroy describe el argumento del propio libro como “una historia de hombres rudos y enamorados”. Ellroy es tan macho que a veces parece gay.
6.- .Los cuatro últimos a lo mejor no: Ellroy es hijo único.
7.- .De nuevo.
8.- .Más que a las otras tres novelas del Cuarteto.
9.- .“My Dark Places” (1996). Mitad investigación del crimen de su madre (ayudado por un detective retirado), mitad autobiografía.
10.- .A los thrillers muy pasados de vueltas, como todos los de Ellroy, también se los denomina “Hard Boiled”.
11.- .Cito (de memoria) al mismo Ellroy.
----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
Y especialmente este libro. El muy posterior “Mis Rincones Oscuros” trata directamente del asunto. Toda su obra trata de su propio mundo. Ellroy está tan unido a Los Ángeles (1) como Kafka a Praga. Pero Ellroy no escribe sobre una ciudad que existiera en realidad en ningún momento. El mundo de Ellroy se parece al “Los Ángeles Caídos”, como a él le gusta llamarlo, de aquellos años que van, más o menos, del final de la II Guerra Mundial al asesinato de Kennedy, los años en los que está inspirada la primera parte del Padrino. Este libro, su segunda novela, ambientado alrededor de 1953, es el primero de su carrera que trata directamente de esta época. Es pues, un precedente del absolutamente genial “Cuarteto de Los Ángeles” (2), su hasta el momento obra cumbre, y, por supuesto, sólo por eso merece un par de lecturas. También, y por los mismos motivos es un antecedente de la todavía inacabada y genialmente absoluta “Trilogía Americana” (3).
Pero en cualquier de sus libros, se repiten una y otra vez, invariablemente, hasta en el mismo orden, las mismas obsesiones. Toda la literatura de Ellroy es una mirada rabiosa y llena de ansia a su propio pasado: el LAPD, el crimen, los bajos fondos, el sexo, la violencia, más violencia, la perversión, los cadis (4), el pasado que vuelve siempre y nunca para bien, el respeto de los demás y el desprecio de uno mismo, el dolor, las mujeres, los asesinos de mujeres, mendigos, la brutalidad, la corrupción, la ambición, la amistad y el odio, la Dalia Negra, las drogas, los secretos y la justicia y el pecado y la redención que forman el mundo en el que, en cierto modo, Ellroy siente que pasó su madre sus últimos días, al menos sus últimos momentos, como persona viva y sus primeros meses como trabajo de los detectives del LAPD, el Los Angeles Police Department.
Ellroy tiene una relación dual con la madera: por un lado a él le hubiera gustado ser el policía al que un buen día de 1958 le llaman por la radio y le asignan el caso de una mujer de raza blanca, pelirroja, identificada como Jane Geneva Ellroy, hallada muerta por estrangulamiento en las cercanías de un instituto de El Monte, un suburbio del Oeste de Los Ángeles, y le hubiera gustado seguir el caso contra viento y marea, contra todos los obstáculos hasta que el asesino pagase por su crimen, convirtiéndose en el héroe anónimo que siempre está alerta y dispuesto a sacrificarlo todo “no por la ley ni por los Estados Unidos, sino por la Justicia”, como escribe en “La Dalia Negra”. Y todo en medio de un auténtico derroche de testosterona (5), que, es indudable, está muy relacionado con los complejos de Edipo, Yocasta, Layo, Antífona, Polinices, Eteocles, Ismene (6) y el resto de personajes del ciclo tebano. Y esa es la imagen buena.
Pero por otro lado, en la trágica realidad, el LAPD no pudo hacer nada. El asesino de la señora Ellroy seguramente haya muerto a estas alturas, quizás hace muchos años. Seguramente impune. Y una de las consecuencias de su acción, es que durante años, el joven James Ellroy se transformase en un despojo humano que mendigaba, donaba sangre y cometía pequeños hurtos par pagarse la priva y cualquier cosa que drogara. Y no solo entraba en las casas a robar, ya que el latrocinio es una costumbre que vino después: su primera motivación fue oler las bragas de sus vecinas del barrio. Y una última afición de aquellos años, rincones sumamente oscuros, era devorar todas las noveluchas baratas de gansters y asesinos que se publicaban en Estados Unidos y caían en sus manos, lo cual salta a la vista para cualquiera que haya leído su obra. Al final, empezó a escuchar unas voces que no oía nadie más que él y que le acabaron salvando la vida, por el método también brutal de hacer que lo internasen en un hospital psiquiátrico, cuando ya estaba gravemente enfermo de neumonía. El caso es que durante todos estos años, él estuvo al otro lado. El policía corrupto, únicamente preocupado por su carrera, al que le preocupa tan sólo presentar un resultado y no un culpable. El policía que, en cierto modo, tuvo la culpa de aquellos años en el infierno, al no presentarle una explicación de lo que había sucedido, de porque había muerto su madre, es la otra cara. Y llegados a este punto, hay que mencionar que este es el libro en el que aparece el personaje de Dudley Smith. Y también el de Mike Breuning. Nuevamente la cara y la cruz. Y a la vez, la cruz y la cara: en este libro vemos al arquetipo del cabrón con pintas, al amigo de los pachuchos en la Dalia Negra y el incorruptible capitán del LAPD de “LA Confidencial”, a Dudley Smith, en suma, a algo parecido al mal absoluto, rodeado de su familia, de sus cinco niñas felices que, en cierto modo, explican todo el personaje.
Y siguiendo con lo que estábamos: una vez un poco recuperado, ya en 1981, tras hacerse abstemio y vegetariano, publicó su primera obra, “Requiem for Brown”, en la que ya aparecen los elementos que harán después distintiva la firma del autor de “LA Confidencial”. Sin embargo, su segunda obra, “Clandestino”, de la que hoy nos ocupamos, es, clarísimamente, el primer intento del autor de exorcizar o rentabilizar, con los fantasmas de Ellroy nunca se sabe, la trágica pérdida de su madre. El argumento: el típico policía de Ellroy: joven, ambicioso, se ve envuelto en la investigación de un crimen ambientado unos años antes, pero calcado al de la Sr. Ellroy: las mismas circunstancias, los mismos detalles de mal gusto que él luego revelará en “Mis Rincones Oscuros”, la misma pareja de acompañantes con los que ambas víctimas, la real y la imaginaria, fueron vistas en sus últimos momentos, el mismo origen, provincianas del Medio Oeste que prueban fortuna en LA, “ven de vacaciones y vete en libertad condicional”, el mismo exmarido atractivo, desequilibrado y repugnante… Y sí, también el mismo hijo, retraído y extraño, que tuvo que ser James Ellroy en los meses inmediatamente posteriores a la muerte de su madre, meses que, en cierto modo, se alargan hasta el día de hoy.
No es un libro excesivamente complejo: nada que ver con “LA Confidencial” o “American Tabloid”; hay una única trama que se ajusta cronológicamente a la vida del protagonista, así como la vida del protagonista se limita a investigar el caso excepto por su relación con su mejor amigo al principio de la novela y con su pareja. Destaca que a diferencia de su primera obra “Réquiem por Brown”, en la que el protagonista tiene una madurez afectiva menor que nula, en “Clandestino” las relaciones de pareja ya resultan creíbles y se siguen con interés, aunque sigan teniendo un aire de película de los años cincuenta. De los años cincuenta oficiales, no de los que retrata Ellroy. De todos modos, vuelvo a repetir: Ellroy no es Simenon. Tampoco ha aparecido todavía el típico narrador omnisciente de sus últimas obras: “Clandestino” está escrito en primera persona.
Por supuesto que el pasma, después de ser obligado a dimitir tras un feísimo asunto, relacionado con el caso, que también por supuesto que puede enturbiar la imagen del Departamento, acaba resolviendo el caso y revelando la identidad del inteligentísimo y sádico asesino en serie de mujeres, un malo de Ellroy, vamos. El culpable es, complejo de Edipo al poder (7), el exmarido de la víctima, el personaje que, ojo al dato, no es el verdadero padre del niño de diez años, y que está calcado de ese personaje real que fue su verdadero progenitor, según la imagen que el propio Ellroy da de él en “Mis Rincones Oscuros”(8). Para cualquiera que haya leído este último libro, hay pasajes que ponen la carne de gallina, ya que el autor está novelando la muerte de su propia madre. “Clandestino” es, por tanto, un libro que recuerda al muy posterior “La Dalia Negra” (9): la misma proyección del hecho central de la vida de Ellroy a la época inmediatamente anterior a ese hecho. La principal diferencia entre ambas obras radica en que, eso sí, el estilo de “Clandestino” no está aún tan depurado.
Y es que en esta novela, traducción aparte, Ellroy no resulta tan telegráfico como de costumbre, lo que no quiere decir que emplee frases largas, desde luego. En general, cuanto más moderno es el libro, menos palabras emplea por oración. En “Clandestino” tampoco aparecen aún demasiadas onomatopeyas, paranomasias, anáforas, retruécanos y aliteraciones, esas figuras que en las últimas obras de Ellroy, en su repito que magnífica “Trilogía Americana”, amenazan con que éste acabe publicando un “Finnegans Wake”, con un lenguaje propio e intraducible, como la obra del gran irlandés. Esta novela es puro Ellroy en la temática, en la visión del mundo y en los recursos narrativos, de los que tampoco tiene el mismo dominio que demostró después, por ejemplo, en “American Tabloid”, mi novela de Ellroy favorita. Así, por ejemplo, el desenlace del misterio, que consiste en que el heroico exigente viaja a Wisconsin, a la tierra de origen de la víctima, e inmediatamente le entregan un escrito tras de cuya lectura todo queda meridianamente claro. Parece un recurso un poco forzado para finalizar el libro y da la impresión de que al Ellroy no le fue posible enlazar mejor la historia ambientada en Los Ángeles que estaba contando al principio del libro con esa historia de incesto, violencia y rencor de la América más profunda que acaba siendo la solución de la trama.
Y que la explicación de la tragedia que fue la pérdida de su madre, fielmente trasladada a la novela, como ya hemos dicho, sea semejante historia de brutalidad enfermiza aferrada al corazón geográfico de los Estados Unidos de América dice mucho y muy poco positivo sobre la visión que James Ellroy, conservador y republicano hasta las cejas, tiene de su país.
Porque la forma de ver la realidad es típicamente ellroyana. La novela negra, se supone, nació con Poe, cuando el detective Dupoin introduce una explicación racional en los tenebrosos hechos de la Rue Morgue. Surge así un tipo de narrativa en el que el pensamiento del autor se refleja claramente en los métodos de su personaje fijo, que es otra seña de identidad del género. El método de Dupoin es la razón, aunque el autor sea Poe, Conan Doyle lleva la lógica hasta el malabarismo con Sherlock Holmes, Chesterton, en el colmo de lo rebuscado, idea un detective que cataloga el crimen dentro de las categorías de pecados de la Iglesia Católica, analiza a qué pecado es propenso cada sospechoso y encuentra así al culpable. De este modo, el padre Brown basa sus investigaciones en la teología católica, tan querida por su creador. El ya mencionado Simenon basa la criminología del simpático Maigret en el buen sentido centroeuropeo, y muchas veces el buen sentido no tiene nada que ver con la lógica, que, se supone, cabe exigir de un belga. Y antes Dashiel Hammet había creado el thriller introduciendo el método de investigación más simple: la violencia: no analices, no engañes, no te pongas en lugar del sospechoso; no hace falta: pégale hasta que cante. Ellroy, sin duda alguna, se enmarca en esta corriente (9).
¿Cuál es entonces el rasgo diferenciador de la literatura policíaca de James Ellroy? Su oscurísima visión del mundo queda meridianamente clara: Ellroy dibuja una ciudad de Los Ángeles en la que el que no es maricón, se droga, es un comechochos, le da a la botella o esnifa bragas (10). Esa es su cosmovisión: un universo gobernado por las inextricables leyes de los complejos, las psicopatías, las frustraciones, la esquizofrenia, el trauma y la paranoia de los seres humanos. Un universo cuyo escudo podría ser ese motel que, tarde o temprano, acaba apareciendo en todas las novelas de Ellroy: abandonado, siniestro, con el jardín lleno de matojos, colillas, vidrios rotos y condones usados.
----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
NOTAS
1.- Aunque vive en Nueva York. Joyce dice en “Retrato del Artista como un adolescente” : “te diré lo que voy a hacer y lo que no: escribiré desde el exilio...”
2.-Formado por “La Dalia Negra” (“The Black Dahlia”, 1987), “El Gran Desierto” (“The Big Nowhere”, 1988), “L. A. Confidential” (1990) y “Jazz Blanco” (“White Jazz”, 1992).
3.-Formada por “America” (“American Tabloid”, ¿el editor español no sabía lo que es un “tabloide”?, 1995) y “Seis de los Grandes" (“The Cold Six Thousand”, aquí ya no digo nada de la traducción, 2001). Para seguir con el tema de las traducciones, la serie, en realidad, se llama “American Underworld Trilogy”, pero dado que en inglés “underworld” significa tanto “infierno” como “hampa” no es fácil de verter: Lo más aproximado sería “Trilogía del Inframundo Americano”.
4.- Una vez rehabilitado, Ellroy encontró un trabajo de cadí en un club de golf. Conservó el puesto hasta que publicó su séptima novela, “La Dalia Negra”. Trabajaba de cadí mientras escribía “Clandestino” , por tanto.
5.- . En “L.A. Confidencial”, Ellroy describe el argumento del propio libro como “una historia de hombres rudos y enamorados”. Ellroy es tan macho que a veces parece gay.
6.- .Los cuatro últimos a lo mejor no: Ellroy es hijo único.
7.- .De nuevo.
8.- .Más que a las otras tres novelas del Cuarteto.
9.- .“My Dark Places” (1996). Mitad investigación del crimen de su madre (ayudado por un detective retirado), mitad autobiografía.
10.- .A los thrillers muy pasados de vueltas, como todos los de Ellroy, también se los denomina “Hard Boiled”.
11.- .Cito (de memoria) al mismo Ellroy.
----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------


