jueves, 27 de septiembre de 2007

ÉL SEÑOR DE LAS MOSCAS ("Lord of the flies")

William Golding

Todo lector que sea lo suficientemente voraz habrá notado la cantidad de libros que empiezan con un naufragio o un accidente aéreo. La explicación es lógica: estas tragedias representan un punto y aparte, un segundo inicio de la vida, un claro principio para cualquier historia que se pretenda contar. De esto tiene mucha culpa un tal Daniel Defoe, aunque un tal Homero(1) tampoco es inocente del todo. Si, además, hay una isla desierta a mano para refugiarse en ella, el hecho representa ya el nacimiento de toda una civilización; no de una existencia, sino de una sociedad entera nueva y en blanco que hay que construir partiendo de la nada. Y si los que se estrellan son un montón de niños, que no han tenido tiempo todavía de aprender como habríamos construido esa sociedad los adultos, tenemos un principio aparentemente tan bueno que parece casi imposible acabar montando una novela mala. No son más que apariencias, porque en una buena novela es más importante el como se cuenten las cosas que lo que se cuenta en sí. Pero, desde luego que “El Señor de las Moscas” no decepciona después de semejante inicio.

El avión en el que viajaban los niños, además, no ha sufrido un accidente. Ha sido derribado. “El Señor de las Moscas” fue publicado originalmente en 1954. Es muy importante tener en cuenta que esta magnífica novela se publicó en el año en el que el senador Mc Carthy campó a sus anchas por el Hollywood de las novelas de Ellroy, el año de “Buenas Noches y Buena Suerte”. Ese año murieron Heinz Guderian y Robert Capa, dos nombres imprescindibles para entender nuestra visión de la II Guerra Mundial, que había finalizado menos de diez años antes. De hecho, no fue precisamente hasta 1954 cuando se suspendieron en Berlín y Londres las cartillas de racionamiento que habían sido consecuencia de esta guerra. En España murió Millán Astray, el fundador de la Legión, el que le había calzado una soberana hostia a Unamuno. El año anterior, 1953, también había muerto el padrecito Stalin, había finalizado en tablas la guerra de Korea y habían llegado Eisonhower y Nasser a las presidencias de USA y Egipto. Ese año, en lo más duro de la Guerra Fría, los franceses son barridos de Dien Bien Phu y, como consecuencia, los yankees comienzan a involucrarse en Vietnam. El proceso de descolonización prosigue abruptamente con el comienzo de la Guerra de la Independencia Argelina, y se escuchan las primeras voces que hablan de un posible control de las armas nucleares, al tiempo que los americanos ensayan la Bomba de Hidrógeno en las Bikini y los soviéticos prueban sus primeros artefactos de fisión. La III Guerra Mundial, la última y definitiva, parece inminente. Y nadie había recuperado todavía, ni mucho menos se había olvidado de la II Guerra Mundial, la que entonces parecía condenada a ser penúltima.

Con lo que tenemos a unos cuarenta críos, ingleses para más señas, los más pequeños, quintos del mencionado Ellroy(1) para acabar de arreglarlo, los mayores todavía lejos de la adolescencia, todos varones, cuyo avión ha sido derribado por el enemigo mientras eran evacuados y que se encuentran perdidos en una isla desierta de algún mar remoto. Es también importante comprender que estos niños no son capaces de entender la situación: la página en la que, una vez que han empezado los enfrentamientos, diciendo que los adultos sabrían como solucionar la situación al tiempo que, sin que ellos lo sepan, el cadáver de un piloto también derribado, es agitado por su paracaídas en la cima de la montaña más alta de la isla es una de las mejores del libro.

El primer crío que conocemos individualmente es el típico gordito, tímido, asmático, débil e inteligente. Tiene el poco glamoroso nombre de Piggy, “cerdito”. Éste no tarde en encontrarse con el que acabará siendo protagonista, Ralph. Los niños se encuentran repartidos por la playa y es ahora cuando aparece uno de tres fetiches de la novela: la caracola.

Los dos protagonistas del libro se ponen a organizar la nueva sociedad. La caracola es el instrumento utilizado para convocar a todos los niños de la isla. Al tiempo que los niños van apareciendo de uno en uno o en grupos de dos o tres, surge del bosque una perfecta formación de chicos de los más mayores vestidos de uniforme, perfectamente organizados (2) y bajo el claro mando de Jack, al que desde la primera vez que se le cita en el libro se convierte en la alternativa a Ralph. Pero la reunión sigue adelante: todo se va desarrollando según los principios civilizados; se elige un jefe, Ralph; se reparten los trabajos y se deciden las prioridades: lo más importante, mantener un fuego (segundo fetiche: las gafas de Piggy, que permiten encender lumbre) en lo alto de la isla para llamar la atención de cualquiera que pase por las cercanías; Jack y sus niños cantores se dedicaran a intentar cazar alguna presa; los demás intentarán construir refugios y recolectar bayas. Así se crea en la isla una civilización, tan sumamente utópica que todos colaboran entre ellos. Sus símbolos son la caracola a modo de campana de la libertad, la plataforma rocosa de la playa donde se reúnen desde la primera vez, parlamento primitivo y las gafas de intelectual de Piggy, que han permitido encender el fuego que es el único posible vínculo de los críos con el mundo de los adultos, la llama de la civilización que arde en lo más alto de su isla.

Pero como en una pequeña República de Weimar, una parte de la sociedad va desarrollando el germen de otra sociedad nueva y peor. En la sociedad común Ralph lleva la voz cantante, pero cada vez le hacen menos caso. Nadie trabaja: los refugios no se levantan solos y hasta mantener el fuego en lo alto se va convirtiendo en misión imposible. Justo cuando pasa un barco cerca, la hoguera está apagada, porque los cazadores la habían descuidado a causa de que se creían a punto de capturar un bicho, que además es el primero que cazan. A los niños les gustan las asambleas, así que las convocan solo por el placer de soplar la caracola, pero resulta imposible organizar un debate medianamente inteligible.

Y lo más terrible de todo es la Fiera Nadie sabe muy bien como es la Fiera. Nadie la ha visto. Bueno, en realidad nadie sabe de verdad si alguien la ha visto o no. Nadie sabe tampoco, si ese es el caso, quien se ha inventado la existencia de la Fiera. Pero por las noches se aparece en las pesadillas de los críos más pequeños. La Fiera provoca ataques de pánico. La Fiera hace subir el prestigio de los cazadores que, según dicen, se atreverían a enfrentarse con ella. Por culpa de la Fiera organizan una expedición a la otra punta de la isla, donde encuentran una especie de fortaleza natural cuya existencia acabará teniendo una importancia clave en la obra. Por culpa de la Fiera los críos acaban matando a uno de sus compañeros. La Fiera es el miedo irracional que lleva a ejecutar actos que provocan

Simón es el raro de entre los supervivientes del siniestro aéreo. Tiene epilepsia, lo que quizás le influya en su visión del mundo, más sensible, más artística que la de ningún otro crío de la isla. Holding lo describe como un muchacho seco, con pelo negro encrespado y mirada de loco. Es solitario y, aunque decididamente partidario de Ralph, hace la guerra, más bien la paz, por su cuenta. Los seguidores de Jack habían matado un jabalí, hemos dicho. Una vez limpio el animal, lo asan en una enorme hoguera. Los cazadores han ido adoptando un uniforme que los distingue de los más pequeños y los escasos niños que todavía están intentando levantar cabañas y mantener el fuego encendido. Les da un aspecto más agresivo: amuletos y adornos de salvaje, suciedad, cara manchada de sangre de un color pardo como las camisas del partido nazi. Un nuevo elemento se añade a esta parafernalia: la cabeza del cerdo es clavada en un palo a modo de bandera.

Simón sufre un ataque de epilepsia a solas con la cabeza del puerco, inversa de la caracola, señora de las innumerables moscas que la rodean, Señor de las Moscas en el sentido bíblico, pronunciado en arameo, es decir Belcebú. Éste le habla: expresa la tesis eterna de Golding: el hombre lleva siempre el mal consigo mismo. Enloquecido, sin saber a donde va, Simón echa a correr e irrumpe en la fiesta que ha seguido al banquete. Los cazadores, armados con sus venablos, uniformados con la sangre de la bestia, exaltados por la carne sanguinolenta y medio cruda, por el combate contra el jabalí, la victoria y la muerte, bailan en círculos alrededor de la hoguera, berreando su “Horst Wessel Lied” (3): ¡Mata al jabalí! ¡Córtale el cuello! ¡Pártele el cráneo!...” Cuando los otros lo ven aparecer, se convierte en la encarnación de la Fiera para los demás niños, que están en el estado más propicia para hacerla frente…

Al final de la noche, el cadáver de Simón, que junto con Piggy es claramente el personaje más moral del libro, se aleja flotando lentamente de las costas de la isla.

La ruptura se produce entre los dos grupos. Este libro, que es lo que se llama “un clásico contemporáneo”, tuvo la infinita fortuna de ser absolutamente desconocido para los maestros de Lengua y Literatura españoles hasta que en 1984 le concedieron el Nóbel a su autor. Desde entonces esta obra maestra ha venido sufriendo los atropellos y desafueros de tan siniestra gentuza: no conformes con obligar a leerlo a muchos alumnos de instituto, con su consecuente secuela de odio a muerte e imperdonable, han llegado a interpretarlo de acuerdo con sus limitadísimas obsesiones, perdón, obsesión (o sea: cómo mantener el orden en clase y no cobrar en el intento). Así, si uno busca por Internet, encontrará un montón de trabajos escolares en los que se indica que “El Señor de las Moscas” trata de la perversa condición humana, que cae en el salvajismo en cuanto falta la autoridad que impone normas. Hay que entender que cuando Golding habla de “leyes”, lo hace en el concepto anglosajón, es decir, como declaraciones de derecho, como límites y, por tanto, contrarias a la autoridad. Los maestrillos utilizan la palabra en el sentido latino, absurdo, de “reglas que indican quien decide lo que hay que hacer, con independencia de porque ese quien quiera hacer lo que sea.

En realidad es justo al revés: “El Señor de las Moscas” trata de la tristísimo condición humana, que permite que la autoridad le lleve al salvajismo por miedo. Miedo a suspender un examen, al futuro, a la delincuencia… a la Fiera, en suma.

Mención aparte merece la evolución de la nueva sociedad que utiliza la cabeza de cerdo como símbolo y como alternativa a la caracola y la plataforma. No es, desde luego, un grupo de anarquistas. En cierta forma, “El Señor de las Moscas” es a la Alemania nazi lo que “Rebelión en la Granja a la Rusia Soviética. Los libros de Golding y Orwell trasladan los hechos históricos a universos imaginarios. Y como en la República de Weimar, los niños son incapaces de resolver sus problemas y de vencer sus miedos ellos solos y recurren, con la fe del carbonero, a la falsa solución eterna: la violencia, es decir, la autoridad. E igual que en la Alemania nazi, los designados para resolver las vidas de los demás no sólo no son capaces de hacerlo, si no que además hunden a sus súbditos (no ya a sus conciudadanos) en un desastre mucho mayor que el que pretendían evitar.

Antes de la catarsis final, en la que los cazadores, que ya son todos menos Ralph persiguen a este último, al tiempo que prenden fuego a toda la isla, hasta que aparecen los providenciales adultos, se llega a otro de los momentos cumbre de la obra, cuando aparece el personaje de Roger. Ralph desea el mando, Ralph es un trasunto de Hitler. A Ralph no le desagrada la violencia, pero la utiliza para conseguir sus fines. Roger, lugarteniente crecido a la sombra del director del coro, no tiene más fines que practicar la violencia. Si Ralph es Hitler, Roger, el asesino a sabiendas y sangre fría de Piggy, sería Himmler. Esto es uno de los detalles más pesimistas, discretos y geniales del libro: Roger acaba suplantando a Ralph porque tiene menos escrúpulos a la hora de utilizar la fuerza y, dado que tiene más fuerza, tiene más autoridad.

Y una suplica (5) a los maestrillos de escuela e instituto: a estas alturas todos los españoles con estudios odiamos el Quijote. Por favor, sigan obligando a los críos a leer la obra de Cervantes y dejen de joder más libros y de tocar los huevos. La Literatura y los lectores se lo agradeceríamos.

----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

NOTAS

1.- Me refiero al episodio de Circe, en la Odisea.

2.- Que nació en 1948. Una cita sacada de su libro “Clandestino” (Ediciones BSA, 2007, Barcelona) puede iluminar la situación de paranoia nuclear que se vivía entonces: “Porque la muerte, lo percibo, va a ser la nueva moda. Estoy escribiendo un poema épico al respecto. Cada uno de los cuarenta y ocho estados va a tener la bomba atómica y la va a lanzar sobre los otros”.

3.- Algo que hace muy recomendable el libro es que, desde el primer momento, Holding identifica el mal con la disciplina, el orden… es decir, la imposición…

4.- La “Canción de Horst Wessel”, oficialmente llamada “Die Fahne hoch” (“La bandera en alto”), himno del partido nazi es, como no podía ser de otra forma, una oda a la disciplina:

¡La bandera en alto!

¡La formación cerrada!

Las S.A. marchan

con tranquilo y firme paso.”

Podría ser la banda sonora del momento en el que los cazadores, entonces todavía coro de voces blancas aparecen por primera vez en la novela.

5.- Que sé desde un principio que va a resultar más inútil que la polla del Papa.

----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------